El Ventorrillo

«El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y donde podría estar el hombre si no junto a los abismos! ¿Mirar no es acaso siempre – mirar abismos? Compasión es el abismo más profundo: mientras más profundamente ve el hombre la vida, más profundamente ve el sufrimiento” (Nietzsche; 2016; Pg. 166)

En 1868 el joven Friedrich Nietzsche emprendía un proyecto junto a su amigo y mentor Richard Wagner que estaría atravesado por la recuperación del verdadero espíritu alemán. Los intranquilos cómplices intelectuales contemplaban cómo la cultura de su época se veía “envejecida” por el espíritu del hombre moderno que se aproximaba al conocimiento y la vida en un sentido necrófilo y hostil, que llevarían a su tiempo y a la humanidad a inclinarse por la autodestrucción y la barbarie.

La visión fue de una agudeza premonitoria. Aquel joven Nietzsche anticipó los horrores de las guerras de Europa, la guerra contra el comunismo, la violencia racial en tantas partes del mundo y, por qué no, la violencia que la humanidad ha emprendido contra la naturaleza, contra la vida.

Ante un escenario de violencia contra todos y contra todo; la modernidad, que para Nietzsche es la causante de semejante crimen contra la vida por su fijación con “la verdad” y su búsqueda de dominio sobre lo que la rodea, desemboca en crear una especie de ilusión o representación sobre nuestros sentidos y nuestras mentes que nos hace creer, en todo un acto de fe, que nuestra existencia se reduce a luchar por un encuentro con la felicidad que puede llegar a ser terrenal o que se puede dar en un plano divino. Para Nietzsche esta ilusión o representación no solo resulta dañina para el ser humano, sino que resulta nociva para toda una cultura porque la desenfoca de lo realmente importante para la existencia. La desenfoca de la vida misma y su fuerza en la realidad. Veamos un poco más en detalle.

Estanislao Zuleta (2011) advertía en su Elogio de la dificultad que “deseamos mal”, que tenemos una tendencia a idealizar una vida acabada y sin tropiezos o azares y que incluso llegamos a engañarnos a nosotros mismos con el objeto de elegir lo fácil y lo simple, no aquello que nos haga desplegar nuestra potencialidad o que permita que cambiemos nuestras ideas pese a lo difícil que eso pueda ser.

La representación que la modernidad nos ha vendido (con todos los medios posibles) es una especie de fuga al sentido trágico de la vida, a aquel sentido que trae consigo alegrías y belleza pero también dolor y tristeza. Delegar la felicidad a un mundo distinto a este u otorgar preeminencia conceptual o existencial a un plano distinto del terrenal han fungido como “el escape” que le da al que lo persigue una sensación de sosiego tan irreal e inerte que hace aparecer “canas precoces” por la espera y el desgaste a una cultura que se entrega a esta (falsa) ilusión.

Ahora bien, Nietzsche nos enseña que la cultura que más se ha acercado a una visión que estimule nuestra forma de ver la vida ha sido la cultura griega, especialmente en su etapa presocrática. Para Nietzsche, los griegos consideraban que la existencia en general tenía una fuerza destructiva e imparable de la que ninguno podía escapar, al punto de que toda vida no podría terminar de otra forma sino con la muerte. Fue una especie de pesimismo que los llevó a detallar que si bien es cierto había dolor, obstáculos y en muchos momentos tristeza, la vida también era amor, fuerza y éxtasis que los llevaba a expresarse de manera artística con la escultura, la lírica, el teatro y la música. Esto fue un sano equilibrio que, por un lado no les permitía caer en el fatalismo de la existencia, pero por otro tampoco les permitía creer en que la existencia era “leche y miel”.

Según Nietzsche, los griegos crearon una forma de expresar su forma de ver y sentir el mundo que fue la llamada “tragedia griega”. En la tragedia, a través de héroes míticos y de historias en donde se involucran dioses y humanos, el actor principal o héroe trágico es dueño de las más preeminentes calidades como la valentía, la justicia, la sabiduría o la fuerza, pero pese a todo esto es incapaz de huir del destino trágico que lo espera por el juego perverso o azaroso de los dioses; aun así se mantiene erguido y asume su final con la consistencia necesaria de quien mantiene un “pesimismo de la inteligencia” y un “optimismo de la voluntad” como decía Gramsci.

Se puede decir que la ciencia, la religión, el Estado y el derecho son unas de tantas manifestaciones de las que se vale la modernidad para orientarnos en esa forma exclusivamente “optimista” de ver la vida porque crean espejismos a partir de ideas como la verdad, la redención, la libertad o la fraternidad que a la luz de esas instituciones per se son inalcanzables. En esto vamos a detenernos tanto en el Estado como en el derecho, ya que no solo han sido artificio o ilusión, sino que además han sido propiciadoras de violencia simbólica y material.

Tanto el Estado como el derecho han sido históricamente los mensajeros de una “contraconsigna” que no puede dejar que lo grande, lo monumental, lo sublime que lucha por la vida emerja. En el caso colombiano han asfixiado la realidad de maneras simbólicas y tangibles al punto de promover un conflicto social tan degradado y violento (porque sí, han sido elementos estructurales del conflicto), que han propagado un estado de ánimo exequial[1] (RTVC – Sistema de Medios Públicos & Lisandro Duque Naranjo; 2018). “Memento mori”[2] gritan desde los tribunales del Estado y los órganos de representación quienes se han aliado con la naturalización de la guerra y el despojo.

No siempre ha sido así, cada tanto se han alzado quienes fortalecidos por una voluntad indeleble, siguiendo en esto y en lo que sigue a Nietzsche, han sido verdaderos héroes trágicos e intempestivos que han hecho praxis en un amor que reconoce el sufrimiento, pero también se declara por la vida. Un amor con el que, desde la apuesta por la defensa de los derechos humanos, Manuel Cepeda Vargas (en adelante Manuel) y Josué Giraldo Cardona (en adelante Josué) exclaman memento vivire y por el que, conociendo y abrazando su desenlace trágico, coinciden en ser escultores de lo virtuosa que puede ser la existencia.

La naturaleza del escultor es la de aquel que obra con instinto creador y se levanta para alcanzar en un punto estratégico el lugar más cercano al sol, metáfora similar a la de la enredadera que se aleja de su origen para acercarse a la luz[3] (Centro Nacional de Memoria Histórica & Gonzalo Sánchez; 2017). Manuel y Josué son, respectivamente, versos de tan bellas metáforas.

Manuel Cepeda fue “un artista en la política” y que como bien es retratado por su hijo, dejó huella en la forma en la que se debe hacer una justificación estética de la existencia y como “la política y la acción pública deben ser estéticamente bellas”[4] (RTVC – Sistema de Medios Públicos & Lisandro Duque Naranjo; 2018).

Resulta ser una historia de héroe trágico la de Manuel que, como quien es distinto y extraordinario, reconoce la “asunción terrible de su destino” días antes de su muerte (RTVC – Sistema de Medios Públicos & Lisandro Duque Naranjo; 2018), conoce incluso quién será el determinador de su asesinato y aún así se mantiene firme, sin que la salida del país sea una opción y enfrentándose al mismo destino que le ha quitado tantos amigos y copartidarios por más de 10 años; no por compasión a los que se han sido arrebatados, sino por valentía y honor a la vida, a su vida, la de ellos y la de la UP. Los periódicos titulan “crónica de una muerte anunciada” o “cada dos días asesinan a un integrante de la Unión Patriótica” pero eso solo conserva el fuego interior de quien se siente tan seguro de sus convicciones como de su destino.

Es toda una fatalidad griega que valorada desde la distancia es un relato tan sublime que aún hoy vivifica los ánimos de quienes nos nutrimos del embeleso que provoca aquel que rompe la barrera del tiempo y de la muerte para traernos un mensaje lleno de vida y valor.

El valor de todo conocimiento y de todo acto debe estar enfocado a las “transformaciones sociales orientadas a que lo prioritario no sea la guerra sino las labores orientadas a la paz”[5] (RTVC – Sistema de Medios Públicos & Lisandro Duque Naranjo; 2018) y como quien se había involucrado tan de fondo con el enigma que para la última década del siglo XX representaba la paz del país, contempló la historia como si fuera la representación tailandesa y en el budismo del dios Brahma, el dios que tenía cuatro caras mirando a todas direcciones[6], comprendía la enorme historia de desigualdad social que ha vivido el país, por la que se hizo comunista a tan corta edad en Popayán, y por la que encauzó su lucha civil y política contra la desigualdades sociales y como quien es oráculo que tiene en su cabeza a la paloma de la paz.

Nos dice Nietzsche:

“…que los grandes momentos en la lucha de los individuos forman una cadena, que en ellos perdura a través de los milenios un plano estelar de humanidad, que lo supremo de tal momento, caducado hace ya mucho tiempo, continua para mi siendo algo vivo, claro y grande: he aquí la idea subyacente a la fe en la humanidad, idea que corresponde con la exigencia de una historia monumental” (Nietzsche; 2016; Pg. 713)

Esa cadena infinita nos hace pensar en lo que estudiosos de la teoría de la hegemonía han llamado el “soporte expresivo”; ese soporte expresivo es aquella  noción que tiende a unificar, a ser articulante, a ser fuerza que acopla en un solo grupo al denominado bloque histórico, agente social de transformación en los momentos en los que se atraviesa por la crisis y unifica  las heterogeneidades propias de una hegemonía popular (Laclau E. & Mouffe C., 1987). La memoria trágica en los sentidos descritos con Nietzsche es el soporte expresivo con el que nace en Sentipensar la defensa de los derechos humanos.

En Colombia tenemos la fortuna de conocer la gracia de proyectos de tan alto calibre en todas las regiones del país y que de manera notable nacen o provienen de los lugares más inesperados.  En lugares cuya cultura es más cercana al mandato de la representación que nos aleja de la vida, es probable que las contradicciones sean tan agresivas que precisamente es allí donde corre la más intensa necesidad de promover y trabajar por el cambio social.

El Ventorrillo fue un proyecto articulador de esfuerzos en un lugar del país cuyas raíces conservadoras hacían tempestuosa y difícil cualquier iniciativa popular de transformación social. Sin embargo fue, como no podría ser de otra manera, a través de un proyecto artístico de socialización de poesía, de teatro y de discusión de literatura universal por medio del que Josué encontró junto a sus compañeros el método “para no arar en el desierto” (Equipo Nizkor & Derechos Human Rights; 1997), para detectar la potencia creadora y defensora de la vida en tan difícil contexto. El Ventorrillo, como su nombre nos dice, fue lugar periférico y de alimento de la vocación del Ser defensor.

En la medida en que la vocación sirve a la vida encuentra su sitio necesario en la tierra, pero también encuentra pruebas de qué tan dolorosa y difícil puede ser esa comprobación, Josué Giraldo exclama la frase que nos lleva a tomar posición frente al derecho, al Estado, a la representación optimista y engañosa de la vida y con el que asumimos un compromiso con el cambio y la utopía. “Ceder es más terrible que la muerte”, la sentencia de un héroe trágico que tiempo antes de su asesinato había enfrentado a la muerte y había sobrevivido.

Con Josué, recordamos a García Márquez:

“Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez; 1982).

Lo cierto es que, en su ferviente defensa de los derechos humanos, Josué había creado una disposición transformadora, transvaloradora y revolucionaria frente al derecho porque generó una ruptura a la noción y al uso imperante del derecho, trabajó por una reconfiguración sobre la utilidad que puede tener el derecho para fines que promuevan la defensa de la vida y no su aniquilamiento y que se articula en sistema de red o base popular.

Lo que define al revolucionario, al héroe trágico y sujeto activo de su historia es el de no quedarse en la comodidad de su tiempo y realizar su porvenir en el devenir. Sentipensar luchará por afirmar la vida y otorgar un sentido trágico y creador del derecho, será El Ventorrillo.

Bibliografía, videografía y webgrafía

Centro Nacional de Memoria Histórica (Productora) & Gonzalo Sánchez (Dirección); 2017. Ceder es más terrible que la muerte. Colombia

Consejo de Estado, Sección Tercera – Subsección B (26 de junio de 2014) Sentencia 50001-23-31-000-1998-01262-01(26029). CP. Danilo Rojas Betancourth.

Corte Interameticana de Derechos Humanos (26 de mayo de 2010) Caso Cepeda Vargas vs Colombia. Juez Diego García-Sayán.

Equipo Nizkor & Derechos Human Rights. 1997. Testimonio de vida de Josué Giraldo Cardona. Recuperado de http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/josue.html.

García Márquez G. 1982. Discurso por el premio Nobel 1982. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=WSfBFz8c1ZE

Nietzsche F. 2016. Obras completas Vol. I. Escritos de juventud. Editorial Tecnos.

Nietzsche F. 2016. Obras completas Vol. IV. Escritos de madurez II y complementos a la edición. Editorial Tecnos.

RTVC – Sistema de Medios Públicos (Productora) & Lisandro Duque Naranjo (Dirección); 2018. Manuel Cepeda Vargas: un artista en la política. Colombia

Zuleta E. 2011. Elogio de la dificultad y otros ensayos. Hombre Nuevo Editores.

 

 

[1] La expresión que usa Lisandro Duque Naranjo aparece en el documental elaborado en virtud de la condena  de la CIDH al Estado colombiano en donde se ordena que “El Estado debe realizar una publicación y un documental audiovisual sobre la vida política, periodística y rol político del Senador Manuel Cepeda Vargas en coordinación con los familiares y difundirlo”. La citada expresión describe el ambiente de barbarie por el que pasó el país con el asesinato sistemático de los miembros de la Unión Patriótica, defensores de derechos humanos y de varios militantes de izquierda en el país. Se sugiere por parte del autor el documental “Manuel Cepeda Vargas: un artista en la política” compartido al final de la edición publicada en la página web www.sentipensar.org.

[2] Recuerda que morirás.

[3] Metáfora presentada por la artista Luisa Giraldo Murillo en la instalación plástica hecha como homenaje a la obra y memoria de Josué Giraldo Cardona y que se hace en el contexto de la condena por sentencia judicial del Consejo de Estado al Estado Colombiano en donde se ordena “a La Nación–Ministerio de Defensa-Policía Nacional y Unidad Nacional de Protección, sufragar los gastos de la realización de un documental de 24 minutos de duración y un cortometraje de 7 minutos de duración, cuya realización, contenido, alcance y ejecución de los recursos estará a cargo del Centro Nacional de Memoria Histórica. En ambas producciones se hará una narración biográfica que destaque la vida, ideales y luchas de Josué Giraldo Cardona”. Se sugiere por parte del autor el documental “Ceder es más terrible que la muerte” compartido al final de la edición publicada en la página web www.sentipensar.org.

[4] Afirmación hecha en el citado documental por Iván Cepeda Castro, hijo de Manuel Cepeda Vargas y Yira Castro.

[5] Uno de los tantos llamados que hizo Manuel a la voluntad de paz por parte del gobierno de turno.

[6] Referencia explícita a una de las figuras talladas por Manuel Cepeda y presentadas en el video antes citado.

Recuperado de https://www.youtube.com/channel/UCoJ8HJ27fIPzDjztvntL3Xg

Recuperado de https://www.youtube.com/channel/UC-J8xqzoV5ceuoYdFunLEhQ

Mauricio Torres Argüello

Abogado egresado de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, especialista en derecho administrativo de la Universidad Santo Tomás – Sede Bogotá y magister en derecho constitucional de la Universitat de Valencia de España. Fue ponente En la Octava Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) 2018 y ha sido auxiliar investigador en la facultad de derecho de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca en la línea de investigación “Derecho, cultura y sociedad”. Es cofundador de Sentipensar y actualmente se desempeña como investigador. Sus áreas de interés son la filosofía del derecho, derecho contencioso administrativo, derecho internacional de los derechos humanos y filosofía política y de la historia.

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